Puro caos, manos pegajosas y una profunda desconfianza hacia la hora de dormir.
Panorama
Ahí dentro hay un adulto hecho y derecho, pero el volante lo lleva un niño de ocho años acelerado por el azúcar. Funcionas a base de golosinas, siestas que te niegas a tomar y la firme convicción de que el suelo a veces es lava. La paciencia es un idioma extranjero y las consecuencias son estrictamente un problema de mañana. Tus emociones llegan a todo volumen y se esfuman igual de rápido, casi siempre olvidadas en cuestión de minutos. Encuentras una alegría enorme en cositas mínimas y un caos total en las más normales. Es agotador para todos, tú incluido, pero al mundo le vendría bien un poco más de tu felicidad sin filtros.
Señales reveladoras
Espera, ¿esto tiene base científica?
Más o menos sí. Cada respuesta se apoya en psicología real: la edad que sientes (edad subjetiva), cómo nos serenamos con los años (el principio de madurez) y qué perseguimos cuando el tiempo se siente largo o corto (la teoría de la selectividad socioemocional). La idea de edad mental viene de los primeros trabajos de Alfred Binet. Luego lo mezclamos todo en un veredicto alegre que desde luego no es un diagnóstico.